Con licencia de Machado
CON LICENCIA DE MACHADO
Golpe a golpe…se hace fascismo al hablar. El conflicto en Honduras, ha disparado (y perdón por la redundancia) un cúmulo de locuciones muy cercanas a la reivindicación de las dictaduras. En cada país sudamericano han surgido voces, cuyo tenor varía, pero en cuyo discurso convergen elementos que creíamos ya desterrados de la esfera de las democracias. Lamentablemente nos equivocamos.
En estos días, desde Perú, Álvaro Vargas Llosas, se ha encargado con fervor elitista, de dilapidar lo poco que le queda de la herencia intelectual de su padre. Ha creído, (y se ha equivocado), que puede soltar la lengua como su progenitor, impunemente, olvidándose de que carece de la virtud que ha hecho a Mario muchas veces impermeable (dadivosidad que no entiendo ni comparto) a un merecido contraataque de otros escritores: su talento literario. Ya esta claro, a esta altura, que padre e hijo son defensores a ultranza, no de republica ni democracia alguna, sino de los privilegios de las altas burguesías ((mal llamada liberales) a las que representan y asesoran en cuanto foro surge en Latinoamérica.
Otro de los que ha defendido sin tapujos, el golpe en Honduras, es Jaime Bayly. Muy poco para decir, de esta persona. Su “talento” literario me ha inspirado siempre una sola y única reflexión, un solo y único interrogante: ¿Cómo es posible que el mismo no tenga un mínimo reflejo de la prosapia de un Palma, de un Vallejos, por solo nombrar a dos de sus más ilustres compatriotas?
Aquí en Argentina, también se cuecen habas. Para debatir este problema, han tomado la tertulia por asalto, como siempre los personajes de la farándula. Con la señora Mirtha Legrand a la cabeza, han salido a minimizar el tema, como si no fuera aquí, en este país, en donde no hace muchos lustros, una asonada golpista asesinó y torturó decenas y decenas de miles de ciudadanos. ¿Qué es lo que sucede? ¿Quién financia este tipo de amnesia? ¿La indiferencia, tal vez? Presumimos que no; que se trata de algo peor, mucho mas grave: el miedo de que la gente vaya tomando conciencia, de que la pobreza y las grandes desigualdades sociales necesitan de una corrección, y que esta no será nunca `posible sin la desaparición de los privilegios que muchos gozan sin importarle los chicos que se mueren de hambre, los jóvenes que no tienen futuro, ni los viejos que no tienen casa. La misma, desde luego, no podrá hacerse desde un almuerzo televisivo en donde lo primordial no es la conversación, sino la obscena ostentación de trapos y de joyas, y en donde la conductora se mofa de la institucionalidad, ni partirá tampoco de la pluma lacayuna de los Vargas Llosa y los Jaime Beyly, que aunque les falte coraje para confesarlo, son enemigos declarados de las clases mas humildes.
El 11 de septiembre de 1973, el golpe de estado contra Salvador Allende, desnudó por fin la hipocresía que venía sosteniendo desde toda la vida la política norteamericana, y cuyo eje central hacía hincapié en la imposibilidad de que se concretara un gobierno de izquierda, surgido de las urnas. “Son guerrilleros, son terroristas” rezaba el slogan de la época. Lo que nunca dijeron, es lo que tenían planeado hacer, si esto ocurría: sofocar la revolución en paz, promovida legítimamente desde el voto, con una avalancha de tanques y rostros tiznados, de torturas y asesinatos, todo ello patrocinado por las grandes empresas multinacionales, y una vieja conocida de todos nosotros, la C.I.A, “antorcha de luz que custodia nuestro occidente cristiano.”
