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La Coctelera

jardin de palabras

blog del escritor mario said silvera

2 Abril 2012

dos caratulas

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2 Abril 2012

Lo ultimo que vieron sus ojos

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1 Noviembre 2010

UN MILAGRO EN DISPUTA

 

 

 

UN MILAGRO EN DISPUTA

 

 

Dos hombres, (uno vestido de negro, y otro vestido de blanco) están junto al lecho, en donde un tercer hombre, cuya piel no corresponde a ningún color, yace con la respiración entrecortada.

El hombre vestido de negro, parece haber arribado a su cita demasiado temprano, porque aún siendo de debilidad extrema la condición del hombre postrado, no hay nada en él que preanuncie un desenlace adverso en lo inmediato, ni el consecuente arribo de un último estertor a sus vísceras. Luce el rostro demacrado, es verdad, y por encima de la palidez del mismo resbalan gruesas gotas de sudor. De tanto en tanto, este rostro es sacudido por fuertes espasmos, y los dos hombres testigos del mismo, lo interpretan como un símbolo de la negación que no puede trasmitir la palabra.¿A que le está diciendo no el enfermo?¿Al espíritu maligno que lo acaricia, y que con sus manos ríspidas pretende arrastrarlo al mas allá, o al duende de las perdidas alegrías, que aún insiste con sus cánticos de esperanzas, y también en la posibilidad concreta de que se produzca algún milagro, y esto de alguna forma también es un tormento.

El hombre vestido de blanco, en cambio, parece haber llegado demasiado tarde. El ser al que ha acudido en auxilio, se balancea entre la sombra y la luz, pero ni la sombra es lo suficientemente frágil como para permitirle intentar un rescate de la victima aprisionada en ella, ni la luz demasiado diáfana como para alentarlo en el advenimiento de una fe, y entonces...

Ahora el reloj. Campea en medio de una de las paredes descascaradas del cuarto, y a su servicio de dar la hora,  agrega el de concitar la atención de los tres hombres reunidos allí por el azar. Tres hombres y distintas obsesiones: el de blanco que lo contempla con ojos brillantes y temerosos, como si fuera él y no otro el que agoniza en el lecho; el de negro que lo mira con resignación, porque en esa actitud lo ha instruido la fe desde que era monaguillo, y no puede esperar otra cosa que un milagro. Y es imposible-piensa-que este provenga de manos humanas, por mas diligentes que sean estas. Ha llegado temprano, pero esto no quiere decir que su viaje haya sido inútil. Dios puede esperar un minuto mas, una hora más, los días y los años que sean necesarios para recibir a otro de sus siervos en su seno.

La suerte del hombre del lecho, en tanto, está siendo resuelta en una batalla que libran el milagro y la razón. No parece darse cuenta de ello, y sin embargo, sus ojos se llenan de los colores blanquinegros que sus visitantes de esa noche se reparten con equitativa abnegación y dulzura. Sus ojos que ven el presente mirando hacia el pasado, algo los ilumina aún, pero esta persistencia tiene el valor de una moneda (la última) perdida por un borracho vagabundo camino a la taberna. Y en ese instante se confunde.

-¡Padre!-y este ruego que tendría que ir dirigido al cura, recala misteriosamente en los oídos del medico. Este se muestra compasivo, y con una seña le pide al cura una venia para suplantarlo en aquella solidaria cruzada. Cuando el cura asiente, él murmura:

-Si, hijo.

-¿Voy a morir ¿No es cierto?

 ¡Terrible encrucijada! Una pregunta que un medico debe contestar con palabras de sacerdote, y encima aquel medico (nadie lo sabe entonces, pero todo el pueblo lo sabrá algún día) es ateo de todo corazón.

-No dejes que eso te asuste.-le aconseja. Y enseguida se arrepiente de haber pronunciado tales palabras? ¿Por qué no debería asustarse el desgraciado, si en realidad se está muriendo?

 -¿Es cierto, entonces?-pregunta el enfermo ansioso, y una de sus pálidas manos busca el cuenco protector de la mano del medico-Lo de que hay otra vida...¿Es cierto?-y mira ahora al falso cura con una expresión tan vívida, que por un momento el medico cree que se ha producido un milagro. Esta aparente mejoría ha hecho latir aquel corazón con tanto brío, que el caudal de su sangre se derrama generosa por el cuerpo del enfermo, y de esta suerte sus mejillas se encienden, y sus ojos se llenan con una luminosidad cercana a la de un

ser pletórico de vida. ¡Está conciente, y esperando una respuesta!

-Siempre hay otra vida-murmura entonces el medico con tono balbuceante-Solo debes creer en ella-y al acabar de decir esto, se vuelve al cura para implorarle que haga algo para detener su actividad de impostor, pero el cura le sonríe contemplativamente. Parece encantado con el physique du rôle asumido por el hombre de blanco, y si no fuera piadoso se quedaría allí por una eternidad a disfrutar de la escena. Como es piadoso, su mano suplanta la del medico en la tarea de sostener aquella muñeca que cada vez tañe mas débilmente su música de vida.

A todo esto, el moribundo no se percata del cambio, porque ha perdido noción de todas las cosas, y los hombres son ahora para él todos iguales, (sombras irregulares cerniéndose sobre el lecho) los colores mas iguales aún que los hombres entre si, y no hay una sola mano en todo el universo que no se le parezca a aquella que mide con paciencia sus latidos.

 De pronto sucede algo extraño; tan extraño que multiplica las arrugas en los ceños del medico y el cura. ¡El agonizante se ha erguido en el lecho! Primero lo ha hecho con la frente, luego con  la cabeza, y finalmente con la mitad del cuerpo. Como si su postración fuera parte de un sueño, corre las sabanas que velaban hasta entonces sus desnudeces, afirma los pies en el suelo, y ante los ojos atónitos de sus dos visitantes se desplaza fuera de la cama, echando a caminar enseguida en dirección al baño como si esta y no otra fuera una de las prioridades de su flamante resurrección.

 

 -¡Milagro, milagro!-vocea el cura, y dibujando sobre su pecho la señal de la cruz, piensa en El Altísimo.

-Milagro-murmura mas modestamente el medico, y acariciando con satisfacción el estetoscopio, piensa en el difunto doctor Fleming.

 

 

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1 Noviembre 2010

EL BANCO VERDE

 

EL BANCO VERDE

 

El banco de madera, sobre el cual el viejo Simón Olmeca solía sentarse para ver pasar los trenes, ya no tenía nada de aquel florido verde con el que un grupo de pintores lo habían cubierto al principio de la primavera del sesenta. Grietas marrones, que semejaban arrugas, se habían empezado a multiplicar desde entonces, y era poco y difuso el color original que quedaba en el asiento, y casi ninguno en el espaldar. Muchos amores juveniles, recostados sobre este mismo espaldar, habían gastado con sus ardores la pintura, pero lo que cabía preguntarse, era cuantos de estos amores habían sobrevivido al verde del banco, y si alguno merodeaba todavía por allí, intentando vencer el incesante tiempo, y de paso, obviando los achaques propios de la edad, continuaban desarrollando (de manera modesta, se sobreentiende) el juego ideado por Eros.

El viejo Simón Olmeca, se encarga de responder a esta reflexión con una sonrisa. Extrae del desván de su cabeza, un recuerdo, y con el en ristre, se aproxima a mi pluma, para que yo pueda poner en la cuartilla sobre la que fluye la tinta, lo siguiente:

-Yo soy uno de los que siempre vuelve. Lo hago desde que Silvina falleció. Es como si sentándome en este banco, pudiera recuperar parte de aquel bello ayer, que ella al irse, dejó medio deshilachado en el interior de mi alma.

Luego me cuenta, que hace exactamente cuarenta años (cuando el banco de referencia estrenaba verde) el tomó asiento allí, y de esta forma, adquirió la inveterada costumbre que aún tiene, y que es la de ver pasar los trenes. Al principio, me dice, hizo esto para vencer el tedio, pero luego le fue tomando gusto al ir y venir de las personas, que con sus rostros alborozados o tristes, subían o descendían de los trenes, pisaban o dejaban los andenes. Entonces fue que asomó por primera vez el rostro de ella.

Era hermosa. ¡Vaya, si lo era! Tan hermosa, que el viejo Olmeca, entonces un muchacho, puso los ojos chiquitos al mirarla, como si le costara un esfuerzo enorme luchar contra el deslumbramiento que la misma producía en su espíritu.

-Entonces pensé: Que suerte sería si toma asiento aquí, al lado mío. Pero cuando vi que se dirigía en dirección a donde yo me encontraba sentado, un frío de timidez  corrió por mis vísceras, y el ruego que no se hizo esperar, no fue otro que: ¡Sigue de largo! ¡Sigue de largo!

De cerca era más hermosa aún. Sus cabellos áureos desprendían  luz y perfume. El viejo Olmeca, entonces joven y tímido, creyó encontrar en sus manos, una solución a tan inquietante belleza, y para ello comenzó a restregar una contra otra. Este afán, sin embargo, produjo un efecto contrario al deseado, pues tan pronto la muchacha se percató de lo que hacía su compañero de banco, deslizó este comentario:

-Los sabañones ¿no es cierto?

Hacía frío. Bastante frío. Pero no el suficiente, como para hacer nacer un padecimiento en alguien que nunca lo ha tenido, que no está predispuesto genéticamente para contraerlo. ¿Cómo se le había ocurrido aquella torpeza, de restregarse las manos una contra otra?

-¿Los sabañones?- se oyó decir.

-Si. Mi hermano los tiene. Y siempre me esta comentando lo doloroso que son. Y también pican.

¿Qué podía decirle? ¿Qué estaba equivocada? ¿Qué no era sabañones lo suyo, sino una pelota en el estomago? Esta crecía y se movía, y mas crecía y se movía, cuando los ojos de la muchacha (los que él no se animaba a mirar de frente) le acariciaban el rostro impiadosamente.

Lo que aun no entiendo, es de qué rincón de mi vergüenza, saqué valor para mirarla directamente a los ojos, y luego empezar a temblar de excitación, cuando descubrí que los mismos tenían el color y la serenidad de un cielo en primavera.

El viejo Olmeca continúo por años, mirando los trenes, y cada vez que veía descender de uno de ellos, a una joven espigada y de cabellos rubios, se imaginaba que el tiempo retrocedía, que él volvía a tener de nuevo veinticinco años.

Una tarde de esas, arribó a su banco una muchacha. Era tal el parecido que tenía con Silvina, que por un momento su alma se llenó de confusión. Tres cosas le hicieron recuperar la cordura: la conciencia de que los muertos no retornan, que si por favor del diablo, alguna vez lo hicieran, no lo harían en su primigenio envase, y que si esto último ocurriera, aquel que se quedó en un banco esperando, no tendría seguramente la suerte, de acompañar el milagro de tamaña resurrección, con su propio rejuvenecimiento.

-Silvina.-murmuró en ese instante.

-¿Decía señor?

-¿Yo? Nada.

-No. Creo que dijo: Silvina.

-Puede ser. A veces hablo solo. Pero son cosas propias de la edad.

Rió la muchacha. Y lo hizo con una sonrisa idéntica a la de Silvina.

-Se está usted burlando de mí ¿no es cierto?

-¿Burlándome de ti? ¿Por que haría eso?

-Por lo que ha dicho de la edad.

-Y ¿Qué dije de la edad?

-Habló como si fuera usted un hombre...viejo.

-Y lo soy.

Volvió a sonreír la muchacha. Ahora con una sonrisa demasiado parecida a la de Silvina.

-Querrá decir que se siente viejo.

-No. Quiero decir que soy viejo. ¿No ven eso tus ojos?

-Mis ojos, los suyos, y todos los ojos del mundo no califican. No son imparciales. Cuando aparece una discusión así, lo mejor para zanjarla, es recurrir a un objeto que la dirima. Y creo tener uno aquí en mi bolso.

En este punto, la vi hurgar en un bolso de color marrón, hasta extraer del mismo un espejo. Quise huir de aquella contingencia, cuando ella insistió en ponérmelo delante de la cara. Me parecía ridículo, tomar parte de aquel juego de adolescentes, y sin embargo...

Simón Olmeca se miró en aquel espejo, y lo que vio reflejado en el mismo, lo llenó de indecible estupor. Era su rostro, indudablemente, pero no el de ahora, sino el de... ¡Treinta años atrás!

-Ese no es mi rostro.-negó.

-Es que este no es un espejo común-dijo la muchacha- Es un espejo mágico.-y diciendo esto devolvió el objeto al interior de su bolso.

-¡Espera, espera! ¿Puedes prestarme ese espejo?

-Si. Pero no se le ocurra robármelo ni romperlo. Es mágico. Vale mucho.- y así se siguió burlando, mientras Simón tomaba el objeto y se lo ponía ansioso delante de la cara.

-¡No soy Yo! ¡No puedo serlo! ¡Estoy delirando!

-No. No lo hace. A veces cuando despierto, me pasa lo mismo. Muchas veces me ha costado creer, que lo que he soñado, no haya sido real.

Olmeca miró ahora a la muchacha con sumo interés.

-Pero ¿de que sueño estás hablando?

-Del sueño en que usted estaba inmerso, cuando yo llegué a este banco.

-¿Dices que estaba...dormido?

-Profundamente.

-¿Estás segura de lo que dices?

Aquello, sin embargo, no probaba nada. Dormido podía haber estado, pero de ahí a creer que en ese sueño estuvieran concentrados cuarenta años de vida...Pero ¡que cuarenta años! ¡Cuarenta años de vida aún no vividos!

Rió ahora. Con una risa que lo molestó. Porqué la misma no era cascada ni débil como la de los viejos, sino que rasgaba el aire con el vigor que solo pueden imprimirle a una risa, los pulmones de un cuerpo joven.

-¿Dónde está el truco, muchacha?

Porque indudablemente debía existir uno. Que el no lo descubriera, era otra cosa. Se levantó del banco, y notó al hacerlo, que las flexiones de sus rodillas eran perfectas; que a su cintura ya no la condicionaba el dolor del reuma. ¿Se trataba de un milagro fisiológico u otra cosa? ¿Qué otra cosa?

Intentando poner en evidencia estas falsas sensaciones, flexioné los brazos, y el colmo fue sentir que los mismos respondían a mi exigencia, como si los codos y bíceps que componían los mismos, acabaran de salir de fábrica. No conforme con esto, llevé mis manos a la cabeza, y encontré tantos pelos en ella, que casi me da un soponcio.

Seducido por esta momentánea quimera, me acerqué a la muchacha, y con palabras que no eran mías, pero que lo mismo brotaban de mis labios, me animé a decirle:

-Te apuesto a que se como te llamas.

Yo pienso que fue la soledad, la que lo puso a Simón Olmeca en la alternativa de tener que elegir entre un sueño de cuarenta años, que el creía haber vivido, y un espejillo mágico, que solo reflejaba juventud.

Sentado en aquel banco verde, se volvió a dormir un día, y ya nunca despertó para ver mirar los trenes. Mi pluma no puede atestiguar, si era joven o era viejo, cuando ocurrieron estas cosas, pues nunca le pude ver la cara. La única vez que lo vi, fue en ocasión de bajar de un tren. Pasaba por delante de un banco verde, cuando observé que alguien lo zamarreaba, diciendo:

-¡Despierta viejo Olmeca! ¡Acaba de arribar un tren!

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1 Noviembre 2010

LA OSTRA

 

LA OSTRA

 

 

Wenceslao amaba la noche, pero su razón no era la de los gatos ni la de los poetas. La amaba porque bajo el sinfín de sombras que aquella tejía,  él podía desarrollar mejor que en ningún otro ámbito, la magia de disimulo más   perfecta En la noche podía desaparecer, y esto era lo maravilloso. Salvo los de la luna, ya no pesaban ojos sobre su figura que pudieran vulnerarle el espíritu, y en ésta dulce invisibilidad trascurrían sus días. Por desgracia, existe una parte de la vida de los hombres que  se desarrolla bajo la luz del sol, y esta no es otra que aquella, que luego de una dura jornada de trabajo, provee el dinero necesario para hacer frente a las necesidades que la subsistencia demanda. Wenceslao carecía de pretensiones elevadas en este aspecto. Comía frugalmente, se vestía con la ropa que le daban, y algunas que otras veces iba al cine, para ver reflejada en la pantalla historias que no se parecían a la suya.

Wenceslao había estudiado muy poco, y éste poco lo había hecho a instancias  de su madre. Cuando esta murió, dejó el colegio, y lo hizo con un  suspiro de alivio. No le había contado a su progenitora, lo mucho que   sufría allí, y esperó a que aquella dejara ésta vida, para él empezar a vivir  la suya; la verdadera; la que quería  vivir. Y ¿Cuál era ésta vida? Una   muy sencilla. ¿Acaso era pedirle mucho al mundo, que no se burlara de   su figura? ¿Qué podía hacer él contra eso? ¿Taparse los oídos? ¿Pelearse cada día con una persona distinta? ¿Acaso había que explicarle a cada uno de los que se mofaban de su apariencia, que la belleza de un hombre no radica en el cuerpo sino en el espíritu?

La naturaleza no había sido benigna con Wenceslao. Dios, o quienquiera  que fuera, se había distraído en la manipulación de sus genes, y éstos  por divertimento, o vaya a saber porqué, habían conspirado contra todos  los rasgos de belleza existente en el orbe, y de este modo diseñado un    ser humano especial. Wenceslao, heredero de ésta alquimia, no tardó en   comprender bajo el rigor inquisitivo de los espejos, que estaba condenado   a sufrir. Fuera a donde fuera sería perseguido por el delito de ser feo, y aunque éste delito no está tratado en ningún libro de jurisprudencia, el mismo existe. Y no solo existe. Muchas veces el castigo que  una persona recibe por haberlo cometido, es superior al de cualquier  delito, incluido el asesinato. La perversidad de la gente para zaherir al prójimo, no necesita para hacerlo de teorías farandulescas como aquellas de Lombroso Le basta con sus propias herramientas. Tiene un código propio para catalogar especies, y sus ojos nada espirituales no ven más allá del envase del hombre.

Wenceslao comprendió pronto, que hiciera lo que hiciera-y más si el  escenario en donde desarrollaba sus actitudes estaba dominado por la   chusma inculta-sería inútil. ¿Qué hazaña emprender, que finalmente no fuera sepultada por los escombros de su fealdad? ¿Qué camino tomar,  si todos estaban sembrados a su vera por un coro de fanáticos que lo    único que querían ver era al fenómeno y no al hombre? La esperanza de que aquello no fuese más que una circunstancia local, lo hizo concebir un viaje. Se mudó a otro pueblo, y ya en este buscó un lugar en  donde hospedarse. La pensión en que recaló era pequeña, y no tenía visos de ser muy limpia. La mujer que regenteaba la misma, desertando  del comportamiento usual de sus congéneres, no puso mucho énfasis  en su mirada, y de ésta forma pudo pasar Wenceslao su examen de   admisión. Esta actitud de la mujer, sin embargo, no lo convenció de nada. Al venir allí, lo primero que había visto era el cartel en donde se   ofrecían habitaciones, y este cartel lucía amarillento, sinónimo de una    permanencia muy dilatada en el tiempo. El dinero-hablamos del que allí  escaseaba-había obrado el milagro. ¿Quién si no él, tiene la virtud de tapar y destapar espejos, de poner a un asno en la fila de los inteligentes,   de levantar al caído y pulverizar al arrogante?

A la mañana siguiente de tal ventura, Wenceslao puso un aviso en el diario local ofreciendo sus servicios de jardinero, y no tardó en tener   

respuesta al mismo. Una viuda lo llamó. Le dijo que su casa se venía abajo de tanta maleza acumulada en los jardines, y que si podía hacer algo para subsanar esta falta de armonía, no tardara en acercarse hasta allí, y en éste punto le suministró a Wenceslao una dirección, que éste anotó  cuidadosamente en un papel.

Con un poco de miedo, por su rica historia de víctima de la discriminación, Wenceslao se acercó a la mañana siguiente a la casa de la viuda. Tocó a la puerta de la misma, y cuando ésta se abrió, asomó por ella   una mujer de notable corpulencia. Se venía secando las manos en un delantal: el mismo que tenía la misión casi imposible de contornear su figura.

-¿Es usted el jardinero?-y miró a Wenceslao.

A Wenceslao le gustó ésta mirada. Le gustó incluso mas que la persona que se la dedicaba. Se trataba de una mirada neutra. Una mirada fría; sin voluntad de pensamiento, casi como la de un ciego. Resbalaba por su rostro de mono sin abrir heridas en su autoestima; por su cuerpo, sin reparar que las piernas de este eran enclenques y estevadas y sus espaldas dueñas de una giba que ya la hubiera querido un dromedario para si. Casi se sintió feliz. Alguien por fin, lo estaba mirando en pleno día con los ojos  de la noche.

Este remedo de felicidad-abruptamente interrumpido por la ira-es el  que ahora rememora Wenceslao desde el lecho en que está tendido.

¿Por qué no le molesta como otras veces, el hecho de que sus pies    estén tan lejos de arribar a la otra orilla de la cama? En este instante  los mira casi con devoción, como si el símbolo que representan fuera  más fuerte que el defecto que los ha hecho notable. Wenceslao los mira y sé ríe. Piensa que si ellos pudieran hablar dirían: "¿No ven que es imposible que mi dueño haya hecho lo que ustedes dicen que hizo. Es un tipo muy pequeño, muy frágil, y como si esto fuera poco, también débil de carácter. ¿No han oído hablar que se pasó toda la vida soportando todo tipo de vejaciones, sin siquiera chistar?"

 Al comisario que investigaba el crimen, sin embargo, le tenía sin cuidado  lo que pudieran opinar o no los pies de Wenceslao. Se le había puesto entre ceja y ceja, que aquél adefesio de jardinero había despachado para el otro mundo a su patrona en su segundo día de trabajo, y no había persona ni razón que lo hicieran abjurar de ésta idea.

-¿Por qué la mataste? Era una buena persona.

-Puedo hacerme cargo de lo segundo, no de lo primero.

-Sin embargo tus huellas están en el escardillo con el que le rompieron    la crisma.

-Yo era el jardinero en aquella casa ¿De quien iban a ser las huellas que  están en el escardillo?

Además de ésta lógica contundente, hubo otras ornamentando el caso,   que el comisario se empeñó en no ver al principio, y que de haberse ventilado las mismas en un estrado, lo hubieran hecho verse como un   patán. Estaba, por ejemplo, el asunto de la complexión física de la viuda. Para mover éste cuerpo, que rondaría en lo ciento veinte quilos, Wenceslao hubiera necesitado una palanca muy similar a aquella que pedía  Arquímedes para mover el mundo. Y esta comprobado, por cierto peritaje hecho en el teatro del crimen, que el cuerpo fue movido por el asesino. Y no poco, sino unos cuantos metros. Esto si le preocupó al comisario, y le preocupó tanto, que finalmente tuvo que descartar a   Wenceslao como autor del crimen. Cuando lo soltó, le dijo al estilo de Galileo:

 -Y sin embargo lo hiciste.

Wenceslao, desafiándolo con la mirada, pareció decirle:

-Pero ¿Cómo? ¿Lo sabe usted, acaso?

 Wenceslao recordó desde el lecho ésta frustración del comisario, y lo hizo con mirada socarrona. ¿Cuándo fue que descubrió el portento? Y ¿Por qué decidió ocultarlo? Era pequeño. Apenas tenía ocho años. Pero el instinto le dijo entonces cuan peligroso era sumarle aquella cosa a su fealdad. Lidiar con una ya era difícil. Con las dos...  

Aquella cosa, sin embargo, no estaba siempre presente. Era como una substancia que segregaba su cuerpo, cada vez que la ira llegaba a este.

Wenceslao no sabía quien pulsaba el resorte de tan extraña magia, y  menos que menos como pararla cuando la misma echaba a andar. Lejos de disfrutarla, la misma lo asustaba. Aún no había tomado conciencia de   que aquello no era otra cosa que la revancha de su fealdad: una simple ostra conteniendo una perla en su interior.

 El solo quería desmalezar el jardín. ¿Por qué no se limitó la viuda a pagarle  por sus servicios, y nada más? ¿Por qué tuvo que abjurar de aquella   mirada calma, con la que lo recibió el primer día, e imitar a los demás en la fea costumbre de denigrarlo, de recordarle su fealdad?¿Acaso tenía necesidad de reírse, como finalmente lo hizo, y señalarlo con un  índice como se señala al bicho más raro del zoológico? Aún esta nítido en su recuerdo, aquél reír; resuena en sus oídos todo el tiempo, como si la dueña del mismo tuviera la facultad de producirlo desde el   mismo sepulcro. Como en un sueño ve también a una de sus propias manos   curvarse sobre el mango del escardillo, levantar éste, y luego con desproporcionada  furia, arremeter con el mismo contra la cabeza de la    viuda. No quería matarla, desde luego. Solo apagar su risa. Pero ¿cómo se hace una cosa sin hacer la otra?

Lo que le preocupaba al comisario, sin embargo, era otra cosa. Se trataba  de un interrogante difícil de dilucidar con los parámetros de la   razón. El comisario lo perseguía por el lado de la física, y de ésta forma era imposible darle caza. En este caso, el inmenso cadáver de la   viuda tenía su parangón con aquellos monumentales pedazos de piedra que habían usados los egipcios para construir la increíble pirámide de Keops. ¿Acaso habían utilizado aquellos hombres, para mover y trasladar de un lado a otro los inmensos bloques, el mismo sistema que había empleado Wenceslao para mover el cuerpo de la viuda de un cuarto a otro? Y ¿cual era este sistema?

Desde la cama en la que todavía esta echado, Wenceslao desnuda unos dientes de comadreja, blancos y parejitos, y con sonrisa depredadora le   pregunta al fantasma del comisario, al que cree estar viendo parado a la orilla de sus diminutos pies:

-¿No lo averiguaste todavía? Y ¿Qué esperas para hacerlo? ¿Acaso tu inteligencia  no puede hacerlo, de la forma que si lo hizo mi fealdad? Te diré algo: no solo maté a la viuda, sino que también la robé. Esto último lo hice para justificar lo primero ¿Entiendes? La desgraciada tenía ciertos valores ocultos en un cajón, y estos están ahora en mi mesa de luz. ¿Quieres verlos?

El fantasma del comisario-con el cual Wenceslao departía amistosamente-tenía tanta o más curiosidad que su socias de carne y hueso por adentrarse en el corazón de aquél misterio, así que a regañadientes, y   casi peleándose con su ego, asintió.

 -El secreto está en la risa-dijo entonces Wenceslao-Cuando empiezo       a reír... -y en este punto soltó una carcajada que pareció hacer temblar  las paredes del cuarto. Luego otra y otra más. Rió y rió hasta que se le   escaparon las lágrimas. Rió sin parar, hasta que aquella hilaridad venida  da no se sabe dónde, que no parecía tener fundamentos ni propósito alguno, se convirtió de pronto en una fuente de energía descomunal. Mientras reía, Wenceslao se estrujaba las sienes, como si necesitara   de sus manos para conjurar el inminente estallido. ¿Es necesario explicar que estaba haciendo? ¡Estaba liberando a un engendro de las ataduras de la lógica: introduciéndolo a la fuerza en la mecánica de la física!

-¡Observa cretino!-le ordenó al fantasma del comisario-¡Alimenta por  fin tus interrogantes!

 A instancias de su poder, la mesa de luz levantó vuelo cual si fuera un    frágil pájaro, y tras unos segundos de revoloteo, aterrizó mansamente    sobre el vientre de su amo. Ahora Wenceslao, abrió el cajón del mueble, y sacando de este un fajo de sangrientos billetes, se dispuso a contarlos

con sonrisa de niño divertido.   

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11 Julio 2009

Con licencia de Machado

CON LICENCIA DE MACHADO

Golpe a golpe…se hace fascismo al hablar. El conflicto en Honduras, ha disparado (y perdón por la redundancia) un cúmulo de locuciones muy cercanas a la reivindicación de las dictaduras. En cada país sudamericano han surgido voces, cuyo tenor varía, pero en cuyo discurso convergen elementos que creíamos ya desterrados de la esfera de las democracias. Lamentablemente nos equivocamos.
En estos días, desde Perú, Álvaro Vargas Llosas, se ha encargado con fervor elitista, de dilapidar lo poco que le queda de la herencia intelectual de su padre. Ha creído, (y se ha equivocado), que puede soltar la lengua como su progenitor, impunemente, olvidándose de que carece de la virtud que ha hecho a Mario muchas veces impermeable (dadivosidad que no entiendo ni comparto) a un merecido contraataque de otros escritores: su talento literario. Ya esta claro, a esta altura, que padre e hijo son defensores a ultranza, no de republica ni democracia alguna, sino de los privilegios de las altas burguesías ((mal llamada liberales) a las que representan y asesoran en cuanto foro surge en Latinoamérica.
Otro de los que ha defendido sin tapujos, el golpe en Honduras, es Jaime Bayly. Muy poco para decir, de esta persona. Su “talento” literario me ha inspirado siempre una sola y única reflexión, un solo y único interrogante: ¿Cómo es posible que el mismo no tenga un mínimo reflejo de la prosapia de un Palma, de un Vallejos, por solo nombrar a dos de sus más ilustres compatriotas?
Aquí en Argentina, también se cuecen habas. Para debatir este problema, han tomado la tertulia por asalto, como siempre los personajes de la farándula. Con la señora Mirtha Legrand a la cabeza, han salido a minimizar el tema, como si no fuera aquí, en este país, en donde no hace muchos lustros, una asonada golpista asesinó y torturó decenas y decenas de miles de ciudadanos. ¿Qué es lo que sucede? ¿Quién financia este tipo de amnesia? ¿La indiferencia, tal vez? Presumimos que no; que se trata de algo peor, mucho mas grave: el miedo de que la gente vaya tomando conciencia, de que la pobreza y las grandes desigualdades sociales necesitan de una corrección, y que esta no será nunca `posible sin la desaparición de los privilegios que muchos gozan sin importarle los chicos que se mueren de hambre, los jóvenes que no tienen futuro, ni los viejos que no tienen casa. La misma, desde luego, no podrá hacerse desde un almuerzo televisivo en donde lo primordial no es la conversación, sino la obscena ostentación de trapos y de joyas, y en donde la conductora se mofa de la institucionalidad, ni partirá tampoco de la pluma lacayuna de los Vargas Llosa y los Jaime Beyly, que aunque les falte coraje para confesarlo, son enemigos declarados de las clases mas humildes.
El 11 de septiembre de 1973, el golpe de estado contra Salvador Allende, desnudó por fin la hipocresía que venía sosteniendo desde toda la vida la política norteamericana, y cuyo eje central hacía hincapié en la imposibilidad de que se concretara un gobierno de izquierda, surgido de las urnas. “Son guerrilleros, son terroristas” rezaba el slogan de la época. Lo que nunca dijeron, es lo que tenían planeado hacer, si esto ocurría: sofocar la revolución en paz, promovida legítimamente desde el voto, con una avalancha de tanques y rostros tiznados, de torturas y asesinatos, todo ello patrocinado por las grandes empresas multinacionales, y una vieja conocida de todos nosotros, la C.I.A, “antorcha de luz que custodia nuestro occidente cristiano.”

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8 Octubre 2006

Haikus

HAIKUS

I

Junco y loto
engalanan el alma
de la doncella.

II

Bebiendo luces
mil sombras se fueron
por la ladera.

III

¡Ay!,pobre rosa.
Tras escanciar halló fin
la mariposa.

IV

Trinan muy tristes
violines de otoño
sobre mi alma.

V

Salto de luna
desde el garzo cielo
a la laguna.

VI

Tu piel morena
redobla en la tarde
como un tambor.
VII

¡Salve corazón
los que se enamoran
tu ley bendicen!

VIII

Hay sembradora
en mi alma un erial
que te reclama.

IX
Un débil cincel
en la mano del miedo
todo hombre es.

X

En los eriales
del alma busca sembrar
el ocio males.

XI

A los guijarros
ondulando va la ría
acariciando.

XII

Ranas y grillos
oran al sol al cantar
en la laguna.

XIII

Beben la luna
desde un camalote
los saltamontes.

XIV

Verdes puñales
que matan al contemplar
son tus pupilas.

XV

Peinando pasa
la fría mano del aire
sobre los pinos.

XVI

De los avaros
ninguna mano hay
dentro la fuente.

XVII

Un rayo azul
es tu labio que besa
mis horas grises.

XVIII

Dulce cántaro
el de tu boca roja
sobre mi boca.
XIX

Fue la quimera
de mi dolor en llamas
tu prisionera.

XX

Gatunamente
bebe noches la luna
siempre sonriente.

XXI

Allá en Florencia
Stendhal se desmayó
por la belleza.

XXII

No necesitan
de las penas del amor
mis soledades.

XXIII

Sombras y gatos
disputando silencios
van por las noches.

XXIV

Mi alma pura
de tu afán flechador
se burla,Eros.
XXV

Cansada yace
de contar sus pesares
tu alma mujer.

XXVI

Tus ansiedades
no son las mías y por ello
no vamos juntos.

XXVII

Tus primaveras
besan hoy mis otoños
mas es muy tarde.

XXVIII

Intuyo niña
que caminar al edén
será besarte.

XXVIX

Cadena perpetua sea
la que me den corazón
hoy por amarte.

XXX

El mal encuentra
abrigo en las almas
debilitadas.
XXXI

¡Oh,niña bella!
¿Cuántos poemas caben
en una estrella?

XXXII

Tras de mi alma
la barca de la muerte
boga que boga.

XXXIII

Alga y coral
conversan con el agua.
El mar escucha.

XXXIV

Sudó tu frente
para vestir la mesa
con pan y vino.

XXXV

Vuelan sin rumbo
a merced de los vientos
las golondrinas.

XXXVI

Pequeño ciclón:
Aletea un colibrí
sobre las rosas.
XXXVII

Trayendo calma
enero viste de sol
las pobres almas.

XXXVIII

Bebiendo vino
van corriendo las penas
por los caminos.

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18 Septiembre 2006

Manual del corrupto perfecto(Tres capitulos)

MARIO SAID SILVERA

MANUAL
DEL CORRUPTO
PERFECTO

POSTGRADO PARA
POLÍTICOS Y FUNCIONARIOS

COMO ALIMENTAR LA VISTA GORDA

En las puertas de las aduanas, hay un señor al que denominan “vista”, cuya función consiste en evitar que objetos y personas que no estaban en el programa, ingresen al país, clandestina y subrepticiamente.
Porque a éste señor, lo llaman así, es un misterio muy difícil de desentrañar, dado que si algo le falta al mismo, es precisamente vista. A diario pasan por delante de sus narices, sin que ésta puedan olfatearlos: Roll- Royces, collares de diamantes, tapados de chinchilla, y todo cuanto pueda darle color a la vida de un nabab. Eso si. Este “vista” será duro e inflexible con todo malviviente, que amparándose en la libertad que rige en las fronteras, pretenda introducir al país, una radio portátil, un reloj de cuarzo, o un jarabe para la tos del abuelo.
Hablé una vez con uno de éstos hombres, y le comenté lo que la gente rumoreaba de ellos.
-¿Qué dicen?-me preguntó.
-Que necesitan un oculista-le respondí.
-Por los demás no hablo-replicó mi interlocutor algo ofendido-Pero en mi caso no lo necesito. Veo muy bien.
-¿De veras?-pregunté algo incrédulo.
-Si. Sobre todo mi futuro.
Y en éste punto me confesó, que no es que no viera, sino que hacía la vista gorda, que es distinto.
-Y¿ No le da vergüenza?
-Bueno. Un poquito sí. ¿Porque voy a negarlo? Pero fíjese que si no hago la vista gorda, mis hijos enflaquecen, y no hablemos de mi cuenta bancaria.
-Y esa sugerencia de hacer la vista gorda-quise saber-¿De donde viene?
Mi interlocutor sonrió irónicamente, miró hacia izquierda y derecha, y ya cerciorado de que no había nadie que mirase o escuchase lo que decía, murmuró:
-De allá-y con un dedo apuntó hacia arriba.
.

A mi turno observé el techo, y como no vi pegado en éste, la imagen de ningún político, pregunté:
-¿Hay otro piso?
-No- me dijo-Mas arriba.
-Mas arriba está el cielo.-argumenté.
-Bueno. No tan arriba.
Me estaba queriendo decir, que tenía un superior más miope que él. O que fingía ser más miope que él, lo que ya es bastante.
-Y¿ Qué se puede hacer pasar, si no es ser demasiado curioso?
-De todo. Porque acá no pasa nada.
Su curiosa metáfora, me hizo a mi pesar sonreír: Pasaba de todo,”porque no pasaba nada”.
-¿Podría pasar también una persona?
-Por supuesto. Cuando más plata pone usted, más invisible se hace.
Sentí una infinita compasión por H.G.Wells, sentado al escritorio creyendo haber descrito en la soledad de su habitación, a un prototipo original.
-Pero supongo que habrá un límite.
-¿Para pasar cosas?
-Sí.
-Pues supone mal. ¿Qué necesita usted pasar?¿Un elefante?¿Acaso un circo entero? Venga y hable con Mora, y todo solucionado.
-¿Quién es Mora?
Mi interlocutor se cuadró, se ajustó la corbata sacudiendo el cuello, y como si fuera un mago hizo aparecer una tarjeta en la punta de sus dedos, la que me alcanzó cortésmente.
-Para servirle-me dijo.
De regreso a casa, iba pensando en lo lindo que sería poseer la virtud de los “vistas”,que cuando quieren no ver algo, no lo ven.
Pero todo era una ilusión.
Mi suegra estaba en el portal de mi casa, y por desgracia yo la estaba viendo.

LOS ÑOQUIS DEL VEINTINUEVE

Son las seis de la tarde, de un día veintinueve, y como lo viene haciendo desde hace unos cuantos años, el señor Jota Eme, emperifoleado hasta la médula, hace irrupción en las oficinas de una edificio municipal.
El señor Jota Eme, viene a cobrar su sueldo, y como un empleado mas, se para ante la ventanilla de la dependencia. Pronto, la mano de un cajero asomará por ésta, le alcanzará al señor Jota Eme un sobre, y luego una lapicera para que el visitante eche la firma con la que dejará constancia de que ha recibido el sobre.
Lo que contiene el sobre(aunque usted, lector, no lo crea)es la remuneración que Jota Eme percibe mensualmente por los servicios que presta como funcionario en una repartición en la que... ¡Nunca ha puesto un bendito pie!
Jota Eme, como usted caro lector acaba de descubrirlo, es un perfecto ñoqui.
Ni a Marco Polo, con su vigorosa imaginación, se le hubiera ocurrido imaginar en que punto de inflexión desembocaría aquel invento culinario de los chinos, que él, de regreso de uno de sus viajes, introdujo en Italia, su amada patria.
Los ñoquis a que hacemos referencia (y cuya denominación está emparentada con la costumbre también italiana de comer éste tipo de pasta los días veintinueve, y paralelamente poner un billete debajo del plato de cada comensal, para así atraer la suerte)parecen haber sido ingresados, en los anales de la corrupción, también por un aventurero. El nombre de éste benefactor de la humanidad (afortunadamente para él) no ha pasado a la posteridad, pero no nos cabe duda que ha dejado adeptos y herederos, que nunca sudan ni se sientan ante ningún escritorio, pero que nos ayudan, eso sí, a gastar nuestro dinero de contribuyentes.
Cada vez que vota a un senador o a un diputado(cualquiera sea la filiación partidaria de éstos) el sufragante deberá tener en cuenta, que no es muy remota la posibilidad de que también esté votando a un ñoqui.

Cuando un diputado(o un senador)ingresa a la honorable cámara para desempeñar el cargo para el que fue elegido, hay posibilidades de que su sombra no lo acompañe. Pero desengáñese quien crea que ésta misma suerte la correrán los ñoquis, que los políticos en cuestión han nombrado para que los asesoren en su tarea de legislar. Los ñoquis son sombras que no desertan. Van a donde van sus amos. Cuando no están en el parlamento, están en una oficina pública, y cuando no en sus casas. Pero siempre desempeñando el oficio para el que fueron contratados: el de no hacer nada.
En cierta ocasión, hablando con uno de éstos ñoquis, le pregunté:
-Y ¿No te aburre el no hacer nada?
-Por supuesto respondió con orgullo -Hay veces que el no hacer nada resulta verdaderamente agotador.
-Y ¿Cómo combatís esa sensación?
-¡Ah!, de la forma mas sencilla: Pensando en lo horrible que sería tener que ponerme a trabajar.
Otro ñoqui, en cambio, estaba tan convencido que el no hacer nada era un trabajo, que en cierta ocasión me confesó:
-El día que me jubile, mi hijo ocupará mi puesto.
¡Se iba a jubilar de no hacer nada! Y lo más gracioso de todo, es que le iba a dejar el cargo a su hijo, a quien supuestamente había trasmitido los secretos del oficio.
No tuve mas que imaginarme el instante en que éste hijo pródigo entrara por primera vez a la oficina en que durante tanto tiempo su padre no trabajara, se sentara ante un escritorio, y preguntara al primer sujeto en avistar:
-¿Sabe usted que es lo que debo hacer?
-¿No te lo dijo tu padre?
-No. Mi padre no me dijo nada.
-Bueno. Eso que no te dijo tu padre, es precisamente lo que tenés que hacer.
Al principio con un poco de vergüenza (porque hasta un hombre devenido

en pasta tiene derecho a sentirla) y luego, a medida que vaya trascurriendo el tiempo con mayor soltura, el susodicho ñoqui júnior, no hará nada cada vez mejor, hasta constituirse en un experto en el tema. Siempre sin hacer nada, irá escalando posiciones hasta alcanzar el grado de jefe, teniendo facultades para despedir a cualquiera que en un abuso intolerable de confianza, se le ocurra en algún momento trabajar.
Un día, orgullosamente, comentará a sus amigos:
-Aquí como ustedes me ven, ¡Yo me hice de la nada!
:

LA ECUACIÓN FATAL

-Y ¿A quien hay que tocar?
Usted habrá escuchado muchas veces esta pregunta, y seguramente que la misma no salió nunca de la boca de un sujeto honrado.
Esta afirmación que hago, no es de ninguna forma temeraria, si no que la misma está asentada en el significado que tiene el término “tocar” en la jerga de la corrupción.
Usted puede tocar de muchas formas, y las mismas llegar a conducirlo al divorcio(si lo que tocó es a una amiga de su esposa); a ser echado del empleo(si lo que tocó es la caja de la tesorería).Y hasta tener que dejar vacío el departamento, en donde vive rodeado de vecinos huraños, si lo que toca es la trompeta, lo hace muy mal, y lo que todavía es mas grave, a las dos de la madrugada.
Entre todas éstas formas, hay una sin embargo, que se lleva las palmas por su originalidad, y es la de tocar a alguien sin que medie, entre tocador y tocado, ningún contacto físico. Esta hazaña, digna del hombre invisible, es la que realizan día tras día aquellos funcionarios a los que no les alcanza el sueldo, y también la que efectúan los políticos, que aún alcanzándoles el sueldo, quieren siempre mas.¿A que se debe esto?¿A la ambición desmedida de algunos?¿O simplemente a la composición salífera del dinero, según atestigua Schopenhauer?
Si en este país, se ha desarrollado últimamente una epidemia de toquetones, es precisamente porque nadie está contento con el papel que ocupa en la sociedad, y unos mas, otros menos, todos quieren estar en lo mas alto; si es posible en la cúspide de las olas.
Este afán de ascenso vertiginoso, con meritos o sin ellos, es la piedra angular del edificio de la corrupción. Si uno es materialista, pero le tiene cierto apego al trabajo, los problemas no serán mayores. Si en cambio es poco afecto a curvar el lomo, pero el dinero le resbala, menos que menos. La ecuación fatal, esa que suele convertir al hombre común en un potencial delincuente, es la suma de la haraganidad más sentido materialista de la vida.
Cuando un hombre ingresa en esta ecuación, sin importar cual sea el estado de

su líbido, tendrá que tocar, tocar sin parar.
Pero no tocará a la bella vecinita.
Ni la caja de la plata de su empleo, porque ¿En donde se ha visto que un atorrante tenga empleo?
¿La trompeta? Menos que menos. Él es un trompeta, y en este juego de piratas no está reglamentado tocarse a sí mismo. Además, sus aires no están en los pulmones. Los tiene en la vanidad.
Lo que tocará, será a sujetos que están unos peldaños mas arriba que él en la escalera de la vida fácil.
Tocará para llegar a esa vida fácil.
Es que en este mundo sobra gente a quien tocar, y tocadores también.
De los primeros hay muy pocos en las cárceles.
¿Por qué será?

MARIO SAID SILVERA

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Ciudad autónoma de Buenos Aires, Argentina
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Nací en la ciudad de Durazno,en Uruguay,en el año 1945.Vivo en buenos Aires,en donde comparto mi tarea de escritor con la de comerciante.He incursionado en casi todos los generos de la narrativa,pero mi gran pasión es un subgenero:la literatura policiaca. JARDIN DE PALABRAS,es un espacio sin fines de lucro.El mismo está simplemente destinado a encontrar lectores sensitivos,que amen la poesía y la filosofía.Faculto a quienes quieran hacer uso de los textos que en el aparecen(ya sea en revistas u otros medios)a hacerlo en forma gratuita.La única condicción que impongo,es que se respete la autoría de los mismos,y en la medida de lo posible,que se me informe sobre tal pretención o deseo. E-mail:mariosaidsilvera@yahoo.com.ar

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