UN MILAGRO EN DISPUTA
Dos hombres, (uno vestido de negro, y otro vestido de blanco) están junto al lecho, en donde un tercer hombre, cuya piel no corresponde a ningún color, yace con la respiración entrecortada.
El hombre vestido de negro, parece haber arribado a su cita demasiado temprano, porque aún siendo de debilidad extrema la condición del hombre postrado, no hay nada en él que preanuncie un desenlace adverso en lo inmediato, ni el consecuente arribo de un último estertor a sus vísceras. Luce el rostro demacrado, es verdad, y por encima de la palidez del mismo resbalan gruesas gotas de sudor. De tanto en tanto, este rostro es sacudido por fuertes espasmos, y los dos hombres testigos del mismo, lo interpretan como un símbolo de la negación que no puede trasmitir la palabra.¿A que le está diciendo no el enfermo?¿Al espíritu maligno que lo acaricia, y que con sus manos ríspidas pretende arrastrarlo al mas allá, o al duende de las perdidas alegrías, que aún insiste con sus cánticos de esperanzas, y también en la posibilidad concreta de que se produzca algún milagro, y esto de alguna forma también es un tormento.
El hombre vestido de blanco, en cambio, parece haber llegado demasiado tarde. El ser al que ha acudido en auxilio, se balancea entre la sombra y la luz, pero ni la sombra es lo suficientemente frágil como para permitirle intentar un rescate de la victima aprisionada en ella, ni la luz demasiado diáfana como para alentarlo en el advenimiento de una fe, y entonces...
Ahora el reloj. Campea en medio de una de las paredes descascaradas del cuarto, y a su servicio de dar la hora, agrega el de concitar la atención de los tres hombres reunidos allí por el azar. Tres hombres y distintas obsesiones: el de blanco que lo contempla con ojos brillantes y temerosos, como si fuera él y no otro el que agoniza en el lecho; el de negro que lo mira con resignación, porque en esa actitud lo ha instruido la fe desde que era monaguillo, y no puede esperar otra cosa que un milagro. Y es imposible-piensa-que este provenga de manos humanas, por mas diligentes que sean estas. Ha llegado temprano, pero esto no quiere decir que su viaje haya sido inútil. Dios puede esperar un minuto mas, una hora más, los días y los años que sean necesarios para recibir a otro de sus siervos en su seno.
La suerte del hombre del lecho, en tanto, está siendo resuelta en una batalla que libran el milagro y la razón. No parece darse cuenta de ello, y sin embargo, sus ojos se llenan de los colores blanquinegros que sus visitantes de esa noche se reparten con equitativa abnegación y dulzura. Sus ojos que ven el presente mirando hacia el pasado, algo los ilumina aún, pero esta persistencia tiene el valor de una moneda (la última) perdida por un borracho vagabundo camino a la taberna. Y en ese instante se confunde.
-¡Padre!-y este ruego que tendría que ir dirigido al cura, recala misteriosamente en los oídos del medico. Este se muestra compasivo, y con una seña le pide al cura una venia para suplantarlo en aquella solidaria cruzada. Cuando el cura asiente, él murmura:
-Si, hijo.
-¿Voy a morir ¿No es cierto?
¡Terrible encrucijada! Una pregunta que un medico debe contestar con palabras de sacerdote, y encima aquel medico (nadie lo sabe entonces, pero todo el pueblo lo sabrá algún día) es ateo de todo corazón.
-No dejes que eso te asuste.-le aconseja. Y enseguida se arrepiente de haber pronunciado tales palabras? ¿Por qué no debería asustarse el desgraciado, si en realidad se está muriendo?
-¿Es cierto, entonces?-pregunta el enfermo ansioso, y una de sus pálidas manos busca el cuenco protector de la mano del medico-Lo de que hay otra vida...¿Es cierto?-y mira ahora al falso cura con una expresión tan vívida, que por un momento el medico cree que se ha producido un milagro. Esta aparente mejoría ha hecho latir aquel corazón con tanto brío, que el caudal de su sangre se derrama generosa por el cuerpo del enfermo, y de esta suerte sus mejillas se encienden, y sus ojos se llenan con una luminosidad cercana a la de un
ser pletórico de vida. ¡Está conciente, y esperando una respuesta!
-Siempre hay otra vida-murmura entonces el medico con tono balbuceante-Solo debes creer en ella-y al acabar de decir esto, se vuelve al cura para implorarle que haga algo para detener su actividad de impostor, pero el cura le sonríe contemplativamente. Parece encantado con el physique du rôle asumido por el hombre de blanco, y si no fuera piadoso se quedaría allí por una eternidad a disfrutar de la escena. Como es piadoso, su mano suplanta la del medico en la tarea de sostener aquella muñeca que cada vez tañe mas débilmente su música de vida.
A todo esto, el moribundo no se percata del cambio, porque ha perdido noción de todas las cosas, y los hombres son ahora para él todos iguales, (sombras irregulares cerniéndose sobre el lecho) los colores mas iguales aún que los hombres entre si, y no hay una sola mano en todo el universo que no se le parezca a aquella que mide con paciencia sus latidos.
De pronto sucede algo extraño; tan extraño que multiplica las arrugas en los ceños del medico y el cura. ¡El agonizante se ha erguido en el lecho! Primero lo ha hecho con la frente, luego con la cabeza, y finalmente con la mitad del cuerpo. Como si su postración fuera parte de un sueño, corre las sabanas que velaban hasta entonces sus desnudeces, afirma los pies en el suelo, y ante los ojos atónitos de sus dos visitantes se desplaza fuera de la cama, echando a caminar enseguida en dirección al baño como si esta y no otra fuera una de las prioridades de su flamante resurrección.
-¡Milagro, milagro!-vocea el cura, y dibujando sobre su pecho la señal de la cruz, piensa en El Altísimo.
-Milagro-murmura mas modestamente el medico, y acariciando con satisfacción el estetoscopio, piensa en el difunto doctor Fleming.
